Mostrando entradas con la etiqueta latinoamerica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta latinoamerica. Mostrar todas las entradas

22 de mayo de 2013

EL PAPA FRANCISCO Y LOS CRISTIANOS LATINOAMERICANOS


A dos meses de la elección de Francisco, el primer Papa latinoamericano, compartimos este artículo de Carlos Ferré,  publicado en el Nº 108 de la Revista “Testimonio” de Lima, Perú.


EL PAPA FRANCISCO Y LOS CRISTIANOS LATINOAMERICANOS



La elección del Cardenal Jorge Mario Bergoglio como nuevo sucesor de Pedro ha causado una  lógica conmoción en todo el mundo.
No sólo porque no estaba entre los principales candidatos que reflejaban los medios masivos de comunicación sino porque elegir a este Obispo argentino para la Sede de Roma significa que el cónclave decide, en dos mil años de historia de la Iglesia, elegir al primer Papa de América, más precisamente a un latinoamericano y al primer jesuita en quinientos años de la Compañía de Jesús.
También son quinientos los años de Evangelización en nuestro continente y la Iglesia universal ha señalado a uno de sus hijos, a un cristiano del Nuevo Mundo para guiar al Pueblo de Dios.
Y justamente, ese es uno de los primeros signos del nuevo pontificado.
El Papa Francisco resalta en sus primeras palabras, el encuentro entre el pueblo reunido en la plaza y él quien se presenta como el nuevo Obispo de Roma. El Pueblo de Dios y su Obispo, confirmando con su gesto. el criterio eclesiológico del Concilio Vaticano II.
Pero no se queda en las palabras;  hace un nuevo gesto: le pide a su pueblo que rece por él para que Dios lo bendiga para que él pueda luego bendecirlos y se inclina para hacerse el Siervo de los Siervos de Dios. La Iglesia Comunión ha quedado  reflejada a la vista de miles de millones de personas que presencian el hecho en todo el mundo.
Su nombre Francisco completa su programa: el Santo de la Iglesia pobre para los pobres, el de la paz, el del cariño y respeto por toda la Creación.
Francisco ha manifestado en pocos minutos el programa de su Pontificado. No hace falta esperar su primera encíclica. El ha actuado su primera encíclica en  un lenguaje comprensible para todos, accesibles a los últimos, revelando a los humildes la Buena Noticia, que ha de proclamar con palabras y hechos.
El mundo se ha conmovido y se pregunta quien es este nuevo Papa argentino que como él mismo dijo,  viene casi desde el fin del mundo.
Una multitud de periodistas comienzan a buscar vías de comunicación directa con hombres que convivieron con él, quieren conocer los lugares que frecuentaba, que ha hecho hasta ahora este hombre que viene de las “orillas” del planeta.
Se encuentran con un hombre que ha vivido intensamente su condición de  habitante de la periferia del mundo. Que conoce a fondo el problema de los pueblos que han sufrido las distintas formas del colonialismo político,  económico y cultural y han generado diversos  procesos históricos, para alcanzar niveles de soberanía y justicia social acordes con la construcción del bien común internacional. Que ha realizado su tarea pastoral en medio de los excluidos, de los “sobrantes” como los denominó en el Documento de Aparecida. Un hombre en el que la opción preferencial por los pobres no es fruto de razonamientos ideológicos sino de una práctica pastoral vinculada a la práctica histórica de su pueblo.
Han de descubrir asimismo, un hombre que conoce las leyes de la política y las ejecuta con humildad y firmeza y también un hombre con sólida formación intelectual, que es capaz de expresar  de la forma más simple las cuestiones más complejas.
Es  Francisco. El que convivía con nosotros y ahora terminaremos de conocerlo en toda su dimensión.
Dios lo ha convocado para una misión universal en el momento que la humanidad en su conjunto y nuestra Iglesia atraviesan  crisis muy intensas. En un momento de bisagra de la historia. En un tiempo en que un régimen hegemónico mundial pensado desde el materialismo práctico ha demostrado todas sus falencias y se han rebelado como falacias sus presupuesto ideológicos. En menos de veinte años, las ideologías que confrontaban por la hegemonía mundial,  han  desnudado sus carencias para erigirse en la solución que la humanidad busca para vivir de acuerdo a la dignidad de la persona y de los pueblos.
Pero también, en un momento de la historia donde comienzan a insinuarse nuevas formas de solidaridad de los hombres y nuevos alineamientos de las naciones en búsqueda de un protagonismo que respete sus designios soberanos.
Hombre de su tiempo, Bergoglio ha alentado el proceso de integración sudamericana como escalón para la integración continental. Ha afirmado que se deben  “recorrer las vías de la integración hacia la configuración de la Unión Sudamericana y la Patria Grande Latinoamericana. Solos, separados, contamos con muy poco y no iremos a ninguna parte. Sería callejón sin salida que nos condenaría como segmentos marginales, empobrecidos y dependientes de los grandes poderes mundiales”. E imagina metas que debemos proponernos: “América Latina necesita nuevos paradigmas de desarrollo que sean capaces de suscitar una gama programática de acciones: un crecimiento económico autosostenido, significativo y persistente; un combate contra la pobreza y por mayor equidad en una región que cuenta con el lamentable primado de las mayores desigualdades sociales en todo el planeta; una reforma del Estado y la política para que estén efectivamente al servicio del bien común.” .
En ese camino de realización de la integración cuya necesidad ya había manifestado Juan Pablo II  en Santo Domingo, advierte ciertas peligros o desviaciones que se deberían evitar: “Los desafíos de la realidad latinoamericana no se pueden afrontar ni resolver reproponiendo viejas actitudes ideológicas tan anacrónicas como dañinas o propagando decadentes subproductos culturales del ultraliberalismo individualista y del hedonismo consumista de la sociedad del espectáculo. Llama la atención constatar como la solidez de la cultura de los pueblos americanos está amenazada y debilitada fundamentalmente por dos corrientes del pensamiento débil: una, la concepción imperial de la globalización… que constituye el totalitarismo mas peligroso de la posmodernidad. La otra corriente amenazante… el ‘progresismo adolescente: una suerte de entusiasmo por el progreso que se agota en las mediaciones, abortando la posibilidad de un progreso sensato y fundante relacionado con las raíces de los pueblos.”
Propone entonces un camino de construcción: “Nada sólido y verdadero podrá obtenerse si no viene forjado a través de una vasta tarea de educación, movilización y participación constructiva de los pueblos - o sea, de las personas y las familias, de las mas diversas comunidades y asociaciones, de una comunidad organizada- que pongan en movimiento los mejores  recursos de humanidad que vienen de nuestra tradición y que sumen las grandes convergencias estratégicas para el bien común”.
La Iglesia universal ha elegido un papa nacido en el lugar que los europeos llamaron el  Nuevo Mundo. Ese fue el signo de Dios para muchos misioneros que evangelizaron nuestras tierras, para muchos hombres imbuidos de las mejores ideas del humanismo nacido a la luz de la fe en Cristo. El encuentro de las culturas en América dio a los hombres de todo el ecúmene la visión de que el nuevo mundo no era solo el encontrado sino todo el mundo que recién había llegado a conocerse a si mismo. Por eso Nuestra América es universal. Conjuga en su mestizaje el mundo del antiguo oriente y el del occidente reciente sumado al aporte del cristianismo.
Desde esa universalidad el Cardenal Bergoglio proclamaba  reiteradamente aquello que la realidad es superior a la idea, el todo es superior a la parte y la unidad superior al conflicto.
En esa matriz cultural ha sido formado Francisco y el es plenamente conciente. Nos ha educado en esa conciencia.
Además de la enorme alegría que hemos sentido desde su elección,  percibimos desde el primer momento, una intuición de la dimensión del cambio que significa para los cristianos de América Latina este momento. Sentimos que los ojos del mundo se han de posar sobre nosotros tratando de indagar y comprender como pudo nuestro continente generar un Papa del que ya están asombrados. Que experiencia historia, social, cultural y  religiosa particular tiene América Latina que puede engendrar al hombre de la dimensión que comienzan a vislumbrar y que sin saber muy bien porqué los llena de esperanza, los entusiasma.
Esa es sin duda la reflexión que deberemos hacer muy rápido porque el trabajo comenzó ya.
De la ayuda de Dios -que descontamos- y de  nuestro esfuerzo, imaginación y trabajo, así como de nuestra  solidaridad activa  con el nuevo Pastor Universal ha de resultar  que su tarea llegue a las metas que el Señor nos propone.
Es nuestra oportunidad histórica de demostrar porqué somos el Continente de la Esperanza.

Carlos Eduardo Ferré

NA. Los párrafos en cursiva y encodillados son extractos del prologo redactado por Bergoglio al libro “Una apuesta por América Latina” de Guzmán Carriquiri.

16 de mayo de 2013

Un latinoamericano presidirá por primera vez la Organización Mundial del Comercio


EL BRASILEÑO ROBERTO AZEVEDO FUE ELEGIDO PRESIDENTE DE LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DEL COMERCIO (OMC) CON EL APOYO DE LOS PAÍSES DE AMERICA LATINA, AFRICA Y ASIA


Humberto Podetti (Foro San Martín)


Roberto Azevedo hablando en el Consejo General de la OMC

Por primera vez en la historia un latinoamericano presidirá la OMC. El brasileño Roberto Azevedo, triunfó en la elección, en cuyo último tramo compitió con otro latinoamericano, el mexicano Herminio Blanco, quien recibió el apoyo de Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea, Japón y México. De este modo, dos latinoamericanos expresaron las posiciones que hoy se enfrentan globalmente acerca del comercio mundial: los que sostienen que el comercio debe regularse de modo que los acuerdos sean equitativos, respeten la normas éticas, beneficien a las personas y respeten la naturaleza y los que sostienen el “libre comercio” independientemente de la capacidad de negociación de naciones y corporaciones, de la equidad de los acuerdos y cualesquiera que sean sus efectos sobre las personas y la naturaleza. El debate es substancial para el futuro porque el comercio global puede contribuir a salir de la grave crisis humanitaria en que nos encontramos –un tercio de la humanidad en condiciones de “muerte civil” como consecuencia de la aplicación del Consenso de Washington- o convertir a la sociedad de la catástrofe en una agonía crónica.  
El origen de la OMC se remonta a los Tratados de Bretton Woods, establecidos por los vencedores occidentales de la segunda gran guerra del siglo pasado. La Internacional Trade Organization (ITO), el Fondo Monetario Internacional y el Banco de Reconstrucción y Fomento (luego Banco Mundial) conformaron el sistema de tres patas con el que Estados Unidos y las naciones europeas se propusieron remover las razones económicas de las devastadoras guerras que los habían enfrentado desde principios del siglo XIX.
La ITO debía proscribir el proteccionismo económico, restringiendo la utilización de los derechos aduaneros sobre las importaciones como instrumento de política económica de los países. Sin embargo, la Carta de la Habana, por la cual se creaba la ITO, recibió el apoyo de pocos países y encontró un obstáculo insalvable en la oposición de los EE.UU., cuyo Presidente no lo envió al Congreso para su ratificación. Las razones eran obvias: si EE.UU., pese a ser la potencia hegemónica emergente en la nueva situación mundial, no podía utilizar la variación del tipo de cambio como instrumento de su política económica internacional, no quería renunciar también a las barreras no arancelarias y a otras herramientas unilaterales, que tan importantes frutos le habían dado en varios momentos de su historia para desarrollar, proteger y expandir su industria. Por ello, el GATT (General Agreement on Tariffs and Trade), aunque no era una institución como el FMI y el BM, sino simplemente un tratado internacional sobre aranceles, al que se le incorporaron algunos artículos de la Carta de La Habana y se le adicionó una Secretaría, reemplazó en los hechos a la ITO. 
De ese modo, el trípode que debía sostener la primera política económica institucional global quedó constituido por el GATT, el FMI y el BM. 
En la Ronda Uruguay del GATT se constituyó la Organización Mundial de Comercio (OMC) que administra el GATT (acuerdo de aranceles y tarifas), el GATS (acuerdo sobre servicios) y el ADPIC/TRIPS (acuerdos sobre propiedad intelectual) y se introdujeron numerosas reformas al sistema.
En la realidad, dicha política sólo alcanzó a ser realmente global a partir de la crisis de la Unión Soviética y la apertura de China a las inversiones extranjeras, simultáneamente con la concesión de las zonas económicas especiales, exentas de toda regulación laboral o de medio ambiente. Por ello sus efectos sólo pudieron verse a escala planetaria a partir del Consenso de Washington de 1990, simultáneamente apogeo e inicio de la crisis terminal del sistema Yalta-Bretton Woods.  
El unilateralismo y el comercio internacional y nacional entre desiguales y sus consiguientes abusos, incrementaron la brecha entre los países más desarrollados y los de menor desarrollo y entre pobres y ricos. Ambos procesos, además, consolidaron a Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y las grandes corporaciones globales como protagonistas hegemónicos de la historia contemporánea.
Las movilizaciones populares masivas desde comienzos del siglo, la lenta emergencia de América Latina, la crisis de Europa, Estados Unidos y Japón, y la consecuente aparición de otros polos y proyectos para el mundo, están configurando un nuevo escenario.
En ese marco, tal vez sea posible que la OMC dirigida por Roberto Azevedo pueda reiniciar con otros criterios la Ronda de Doha, y establecer una nueva orientación para el comercio global, por primera vez orientado en favor de las personas, la naturaleza, la equidad y la ética. 
Reequilibrar el comercio mundial y ponerlo al servicio de los pueblos de todo el mundo y de las naciones en desarrollo, es posible, aunque requiere tres acciones diferentes: 
a) que las grandes economías abran sin restricciones sus mercados a los productos del resto de las naciones del mundo, de modo que ellas puedan competir libremente con las habilidades productivas de todas las economías, inclusive las poderosas, en esos mercados; 
b) que los países en desarrollo puedan utilizar todas las herramientas de política económica y todo el conocimiento tecnológico acumulado, de modo temporal o permanente, a los fines de desarrollar sus industrias y tecnología sin restricciones de la OMC o por la acción unilateral de los países desarrollados; 
c) que los países desarrollados incluyan en los acuerdos bilaterales que celebren eventualmente con países en proceso de integración la renuncia explícita a sus preferencias, eventualmente afectadas por dichos procesos.

2 de mayo de 2013

Guzmán Carriquiry escribe sobre los significados y consecuencias del Papado de Francisco para América Latina


Humberto Podetti (Foro San Martín)

Guzmán Carriquiry es, como él mismo se presenta en su libro Una apuesta por América Latina, “un uruguayo, ríoplatense, mercosureño, sudamericano, latinoamericano que por las sendas desmesuradas e imprevisibles de la Providencia trabaja desde hace 30 años en el centro de la catolicidad”. Discípulo y amigo de Alberto Mehtol Ferré, profundo conocedor del pensamiento y de la historia latinoamericana y de sus grandes movimientos populares, en particular el peronismo, es actualmente Secretario de la Comisión Pontificia para América Latina. El Papa Francisco prologó su libro Una apuesta por América Latina y también su segundo libro El Bicentenario de la Independencia de los países latinoamericanos. En este último prólogo Francisco destacó el criterio con que Carriquiry afronta la cuestión de la independencia de nuestras naciones señalando que “la independencia de los países latinoamericanos no fue un hecho puntual que se dio en un momento sino un camino con escollos y retrocesos, un camino que aún hoy hay que seguir andando en medio de variados conatos de nuevas formas de colonialismo” y también destaca las citas que Guzmán hace “de Methol Ferré, el genial pensador rioplatense” en relación con los proyectos de diversa naturaleza que se oponen a la unidad de nuestra América. 
El pasado 22 de abril, en la apertura  un encuentro sobre América Latina, pronunció las palabras que transcribimos.

UN PAPA LATINOAMERICANO
ALGUNAS CONSECUENCIAS  PARA EL CONTINENTE

Guzmán Carriquiry Lecour
Secretario de la Comisión Pontificia para América Latina

Guzmán Carriquiry en el Zócalo, México


He aceptado con mucho gusto compartir algunas reflexiones para introducir este encuentro porque estamos ante un hecho inédito – un Papa latinoamericano – que nos exige ir más allá de esta novedad sorprendente y del entusiasmo que nos provoca para plantearnos su significación y repercusiones para América Latina. Ese es el tema que nos reúne, aunque podría ser complementado con reflexiones sobre la significación de un Papa latinoamericano para toda la catolicidad.

Es obvio que el Sucesor de Pedro no es elegido según cálculos geopolíticos. No ha sido elegido el Cardenal Bergoglio, in primis, por el hecho de ser argentino, latinoamericano. Se elige una persona que se considera que reúne experiencias y capacidades aptas para responder adecuadamente, tempestivamente, como pastor universal, a las necesidades, exigencias y desafíos que se plantean a la misión de la Iglesia en una determinada fase histórica. Pero la persona es siempre – como diría Ortega y Gasset – el yo y sus circunstancias y las circunstancias de ser latinoamericano no resultan, por cierto, un hecho indiferente o meramente adjetivo. 

El Papa Francisco es argentino, pero estoy seguro que tiene la conciencia, el orgullo y la proyección de identificarse también como latinoamericano, partícipe de ese círculo alargado de fraternidad y solidaridad, de esa originalidad histórico-cultural que llamamos América Latina, simbolizada luminosamente en el rostro mestizo de María de Guadalupe. Por formación cultural, el Padre/Obispo/Cardenal Bergoglio ha tenido siempre bien presente ese horizonte de la “Patria Grande”, de la “Nación latinoamericana”, como ama definir a América Latina. Tengo la legítima impresión de que la presencia del Cardenal Claudio Hummes junto al Papa Francisco en el balcón y momento del anuncio del nuevo papa no se debió sólo a la amistad declarada entre ellos – porque son varios los cardenales amigos del Papa Francisco – sino que sirvió además para mostrar esa imagen, ese eje Argentina-Brasil, que evoca a toda América Latina, hispano y luso parlante.

Desde hace dos años, cuando asumí la responsabilidad de Secretario de la Comisión Pontificia para América Latina no me canso de destacar que más del 40% de los católicos de todo el planeta son latinoamericanos. Y que si sumamos los 52 millones de hispanos que viven en Estados Unidos estamos por el 50%, recordando también que dentro de unos 15 años los hispanos constituirán el 50% de los católicos de ese gran país. Los números no lo dicen todo, pero quienes no tienen en cuenta el peso de los números o son muy distraídos o son tontos. 

Durante el viaje que lo llevaba a San Pablo, en esas ruedas de prensa informales que se organizan en el avión, un periodista le preguntó a S.S. Benedicto XVI por su presunto eurocentrismo, y el Papa le respondió textualmente: “estoy convencido que aquí se decide, al menos en parte – y en una parte fundamental – el futuro de la Iglesia Católica: esto para mí ha sido siempre evidente”.

No es tampoco pura coincidencia que la elección de un Papa latinoamericano tenga lugar en tiempos en que América Latina se presenta como una región emergente en la escena mundial, sostenida por diez años de significativo crecimiento económico, de reducción progresiva de la pobreza, de mayor integración económica y política, de diversificación de sus relaciones políticas y comerciales, de más protagonismo en los diversos ámbitos, instituciones y alianzas internacionales. Me permito citarme, en mi libro sobre “Una apuesta por América Latina”, cuando en el capítulo titulado “La hora de la Iglesia en América”: escribía: América Latina, como región emergente, es “mediación singular” entre los mundos hiperdesarrollados y los pueblos pobres y naciones periféricas y dependientes. Ocupa el lugar de una “clase media” en la comunidad internacional, con una comunicación a 360 grados, sea con las áreas del Occidente desarrollado, sea con las regiones del Sur del mundo. Y crecen sus vínculos con la India, China y el Extremo Oriente asiático (pensemos en la “alianza del Pacífico). América Latina es un extremo Occidente mestizo. “La herencia de Occidente, la tradición católica y la incorporación en los dinamismos de la globalización encuentran en América Latina un terreno privilegiado y un banco de prueba decisivo”. 

Ahora bien, el hecho de un Papa latinoamericano no puede limitarse a ser motivo de sano y legítimo orgullo entre nuestras gentes sino de acrecidas responsabilidades. La Providencia pone a la Iglesia, pueblos y naciones de América Latina en una situación singular. Un salto cualitativo de exigencias y desafíos se le plantean.

La primera es la de dar renovado ardor, ímpetu, irradiación, en los hechos y no en la retórica eclesiástica, a la “misión continental”, propuesta y experiencia que el Papa Francisco lleva ciertamente en su corazón desde el extraordinario acontecimiento de “Aparecida” y la experiencia subsiguiente. ¿Acaso no se advierte ya que el papa Francisco está atrayendo a tantas personas que por muy diversos motivos se habían alejado de la Iglesia? ¿No es él quien llama e impulsa a evitar toda autorreferencialidad y ensimismamiento eclesiásticos para ser enviados a compartir el Evangelio en todas las periferias humanas del sufrimiento, de la pobreza, de la indiferencia? Una oportunidad providencial, educativa y misionera, se plantea ya respecto a los millones de jóvenes latinoamericanos que participarán en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, sea en la inmediata preparación, en la realización y en el seguimiento posterior de ese gran evento, para que la tradición cristiana se haga carne y sangre de las nuevas generaciones.

No pocos artículos periodísticos en Europa han visto el pontificado de Francisco a modo de reacción contra el crecimiento de comunidades cristianas evangélicas y sectas, así como la difusión del secularismo, en América Latina. Mucho más que reacción contra secularismo y  sectas, el Papa Francisco es muy propositivo: invita a compartir la belleza de la experiencia cristiana, por desborde de gratitud y alegría en el encuentro con Jesucristo. Transmite el Evangelio sine glosa.  Está mostrando con su ejemplo y palabras lo que quiere de todos los Pastores como cercanía misericordiosa y evangelizadora a su propio pueblo, así como lo que quiere de todos los bautizados. Ya sacude de los letargos y de las aparentes comodidades a quienes pretenden seguir viviendo de rentas de un patrimonio cristiano sometido a fuerte erosión. Despertará a muchos cristianos dormidos, quedará más alimentada aún la religiosidad popular y sus manifestaciones, crecerá el sentido de pertenencia a la Iglesia católica. Pondrá, en efecto, a la Iglesia y a los pueblos latinoamericanos en “movimiento”. 

Una segunda cuestión que se plantea a la Iglesia en América Latina es, ¡nada menos!, la de saber reasumir, recapitular, incorporar a sí, toda la riqueza de la gran tradición católica  en santidad, doctrina, cultura, caridad y misión, para dar un salto de cualidad en la conciencia y ministerio de sus Pastores, en la formación teológica, cultural, espiritual de sus sacerdotes, en la fidelidad carismática y misionera de los consagrados, en el crecimiento cristianos de todos los bautizados. Si esa tradición católica ha vivido su flujo y su propagación, sobre todo, en los itinerarios históricos de Europa, el pantano cultural del Viejo Continente y su crisis depresiva, requieren a la Iglesia católica superar toda tentación eurocéntrica. El actual pontificado ha de dejar atrás lo que queda de una imagen residual de la Iglesia latinoamericana como periférica, muy vital pero sin mayor consistencia, “iglesia reflejo” más que “iglesia fuente”, muy generosa pero con dosis de confusión, para asumir ahora todas las exigencias que conlleva su centralidad emergente en la “multipolaridad” católica y una exigente y renovada solicitud apostólica universal. 

Me parece también evidente que el pontificado del Santo Padre Francisco conllevará el peso de una mayor presencia de la Iglesia en la vida pública de los países latinoamericanos y en el camino de sus sociedades hacia metas de mayor justicia, equidad, fraternidad y bien común. Le dará mayor libertad evangélica, lejos de reducirse a ser o antagonista o sacristana de los regímenes políticos. La hará más próxima a la realidad de sus pueblos, más compenetrada a sus necesidades, sufrimientos y esperanzas, más caritativa y solidaria con los pobres, más pueblo de Dios en los pueblos. Tendrá más peso y repercusiones la palabra profética que alzará contra todo lo que atente contra la dignidad de la persona, la familia y las naciones. Pondrá más alerta a los pueblos ante la difusión de los subproductos culturales de la sociedad del consumo y del espectáculo. Difundirá una cultura de la vida, de la vida verdadera, para bien de las naciones. Ayudará, pues, a abrir nuevas vías y modelos de convivencia, precisamente cuando los regímenes ateos del socialismo real se han derrumbado y dejado devastaciones humanas y los paradigmas neoliberales, idólatras de la riqueza, han mostrado ya sus secuelas de impotencias e inequidades. La Iglesia en América Latina estará llamada y fortalecida por el pontificado del Papa Francisco en reconocer y alentar a los pueblos como sujetos de su propio desarrollo, en fraternidad y solidaridad, y no como clientelas asistidas o masas de maniobra asimiladas por el poder de turno. Estará desafiada a  demostrar que el Evangelio es la mejor respuesta, la más adecuada y satisfactoria, a la sed de felicidad y justicia que laten en el corazón de los latinoamericanos y en la cultura de sus pueblos. No creo que pueda construirse nada de auténticamente popular, nacional y latinoamericano, dejando de lado la presencia y contribución de la Iglesia católica.

Prever dichas tendencias y posibilidades no quiere decir que los latinoamericanos sepamos afrontarlas como protagonistas. Desperdiciar este tiempo providencial tendría consecuencias nefastas para los pueblos latinoamericanos y para toda la catolicidad. Dios nos pone ante tremendos desafíos, que parecen desproporcionados,  pero nunca falta su gracia para sostenernos.