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29 de julio de 2013

Francisco, un líder espiritual para las multitudes sublevadas en el mundo

Desde Río, acompañado por tres millones de jóvenes de 195 países,  nos instó  a ganar la calle y a no dejarnos arrebatar la construcción del futuro
Humberto Podetti (Foro San Martín)



Francisco en la favela Varginha 



Nuestro siglo tiene ya una característica definida: la movilización de multitudes en todas las naciones del mundo, alzándose contra la injusticia, la desigualdad y la exclusión de la sociedad. También contra la insolencia de los que afirman que esa situación no tiene responsables y de los que “miran para otro lado” como dijo Francisco en su homilía en Lampedusa. 
Hasta las recientes movilizaciones en Brasil nadie escuchaba a las multitudes y mucho menos admitía, como por primera vez lo hizo Dilma, que todo gobierno debe estar al servicio de la “voz de la calle”. Los expertos y los politólogos sostenían que las puebladas eran inútiles, que no había modo en que pudiesen participar en las decisiones respecto de su futuro o del de sus naciones. Que a lo sumo podían provocar la caída de gobiernos o regímenes, pero que los nuevos gobiernos tampoco los expresarían. 
Sin embargo, las movilizaciones continúan en todas las calles del mundo. Y también en la web, en una asamblea global virtual, desordenada pero substanciosa, que EEUU, Europa y China espían temerosos. 
Las movilizaciones no van a cesar. Porque hay una conciencia global respecto de que la actual situación de crisis humanitaria del mundo tiene responsables concretos e identificables, personas, políticas, gobiernos, corporaciones económicas. 
Pero sobre todo porque movilizarse y reclamar trabajo, alimentos, salud, acceso al conocimiento y a la propiedad, confiere sentido a su vida como personas y como comunidades. Recuperar el sentido de la vida en la lucha por transformar su comunidad, su pueblo, su nación y el mundo en espacios de justicia y dignidad recrea simultáneamente la esperanza y la alegría en los sumergidos, los excluidos, los condenados de la tierra. 
Desde el momento inicial de su pontificado, Francisco los ha puesto en el centro del proceso contemporáneo y en Río les ha reclamado que se hagan cargo de la construcción del futuro: “Sigo las noticias del mundo y veo que tantos jóvenes en muchas partes del mundo han salido por las calles para expresar el deseo de una civilización más justa y fraterna. Los jóvenes en las calles son jóvenes que quieren ser protagonistas del cambio. Por favor, no dejen que otros sean protagonistas: ustedes son los que tienen en sus manos el futuro”.
Francisco ha entablado un diálogo sorprendente con esas multitudes, primero con sus enternecedores abrazos a los niños, los enfermos, los excluidos, los desamparados, los presos.  Luego con sus palabras y su capacidad de escuchar y comprender. Con su testimonio nos propone una revolución en un mundo desquiciado y sin sentido: volver a poner a Dios y con él al prójimo en el centro del sistema mundial, transformando la globalización del egoísmo y la indiferencia en la globalización de la solidaridad.
Sus escasos cuatro meses de pontificado ya lo han convertido en el Papa de los pueblos. Y en los pueblos Francisco encuentra a Dios y en ese encuentro también la sabiduría y la energía, la alegría y la esperanza. 
Las multitudes siguen en la calle y en la web, pero ahora además tienen un líder espiritual. Que le ha hablado al mundo desde Río en castellano y en portugués, las lenguas cada vez más universales de América latina, el continente de la esperanza, del humanismo y la religiosidad popular.
Sus  mensajes han sido claros y fuertes: “Ningún esfuerzo de pacificación será duradero para una sociedad que ignora, margina y abandona en la periferia a una parte de sí misma. La medida de grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza”.
Ha pedido a los jóvenes que superen el desengaño de la política ante el egoísmo y la corrupción de muchos políticos. “El futuro exige la tarea de rehabilitar la política, que es una de las formas más altas de la caridad”. También exige “una visión humanista de la economía y una política que logre cada vez más y mejor la participación de las personas; una política que evite el elitismo y erradique la pobreza, que a nadie le falte lo necesario y que asegure a todos dignidad y solidaridad”. Y les ha hablado acerca de cómo hacer política: ”entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta siempre hay una opción posible: el diálogo. El diálogo entre las generaciones, el diálogo con el pueblo, la capacidad de dar y recibir, permaneciendo abiertos a la verdad. Un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva, la cultura popular, la universitaria, la cultura artística, la tecnológica,  la cultura económica, la de la familia, la de los medios de comunicación… La única manera de que la vida de los pueblos avance es la cultura del encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar y todos pueden recibir algo bueno a cambio. El otro siempre tiene algo que darme cuando sabemos acercarnos a él con actitud abierta y disponible, sin prejuicios; a esa actitud yo la llamo humildad social”.
También ha denunciado que “esta civilización mundial se pasó de rosca, porque es tal el culto que ha hecho al dios dinero, que estamos presenciando una filosofía y una praxis de exclusión de los dos polos de la vida que son las promesas de los pueblos. Exclusión de los ancianos, una especie de eutanasia escondida, pero también eutanasia cultural: no se les deja hablar, no se les deja actuar. Y exclusión de los jóvenes. El porcentaje que hay de jóvenes sin trabajo, sin empleo, es muy alto, y es una generación que no tiene la experiencia de la dignidad ganada por el trabajo”.
Y nos ha recalcado que “la hermandad entre los hombres y la colaboración para construir una sociedad más justa no son una utopía” y que “el desafío ético aparece hoy como un desafío histórico sin precedentes”.
También que es necesario evitar “el reduccionismo socializante, desde el liberalismo de mercado hasta la categorización marxista”.
Destacó las virtudes de un estado laico: “La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicicidad del estado que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad”.
También y a propósito de la Comisión Episcopal para la Amazonia hizo “un vigoroso llamamiento al respeto y la custodia de toda la creación, que Dios ha confiado al hombre, no para explotarla salvajemente, sino para que la convierta en un jardín”.
La profundidad y la universalidad de las palabras y los testimonios de las Jornadas Mundiales de la Juventud suministran alimento espiritual y doctrinario para mucho tiempo.
Con su compromiso con el Evangelio, expresado en su testimonio personal, en sus palabras, en su alegría y en su sumergirse en los excluidos, los abandonados, los hambrientos, Francisco  nos ha convocado a los viejos a que no claudiquemos en ser la reserva cultural de nuestros pueblos, la reserva que trasmite la justicia, la historia, los valores, la memoria del pueblo. Y ha convocado a los jóvenes a que hagan lío, que salgan a luchar por los valores, para que la esperanza no se acabe, para cambiar la realidad, para que no se habitúen al mal, sino a vencerlo en sí mismos y en la sociedad.


2 de julio de 2013

l’Osservatore Romano publicó el Prólogo del Cardenal Bergoglio al libro de Amelia Podetti

En el proceso de preparación de las Jornadas Mundiales de la Juventud a celebrarse en Brasil del 22 al 28 de julio próximos, l’Osservatore Romano, publicó el Prólogo del Cardenal Bergoglio al libro de Amelia Podetti Comentario a la Introducción a la Fenomenología del Espíritu.
El texto refiere el tránsito de una Iglesia católica eurocéntrica a una Iglesia católica americocéntrica, cuya religiosidad popular será seguramente un valioso instrumento para el surgimiento de un sistema multipolar, superador del capitalismo global que ha llevado al mundo a convertirse en la sociedad de la catástrofe humanitaria crónica.

L'OSSERVATORE ROMANO

Città del Vaticano, 1 luglio 2013.


Così nel 2006 l’arcivescovo di Buenos Aires rifletteva su un libro di Amelia Podetti
Bergoglio, Hegel  e l’America Latina
Amelia Podetti è una figura di rilievo nel panorama culturale argentino degli ultimi cinquant’anni. Filosofa, ha insegnato all’università di Buenos Aires, ma anche nell’università nazionale di La Plata e in quella del Salvador. È in quest’ultima che la sua strada accademica si è incrociata con quella di Bergoglio tra il 1970 e il 1979, quando questi era provinciale dei gesuiti e cancelliere della stessa università. Amelia Podetti ha anche dettato corsi nel Colegio Máximo di San Miguel, anch’esso appartenente ai gesuiti, dunque sotto la responsabilità diretta di Bergoglio. Nel 2006 il cardinale Bergoglio scrisse un testo — pubblicato integralmente in traduzione italiana nel sito Terre d’America di Alver Metalli — che uscì nel novembre del 2007 a prologo delComentario a la Introducción a la Fenomenología del Espíritu scritto da Amelia Podetti e pubblicato dalla casa editrice argentina Biblos.
29 giugno 2013

Versión en castellano

Amelia Podetti  es una figura relevante en el panorama cultural argentino de los últimos cincuenta años. Filosofa, enseñó en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad Nacional de La Plata y en la Universidad del Salvador. En esta última Universidad su camino académico se cruzó con el de Bergoglio entre 1970 y 1979, cuando él era Provincial de los Jesuitas y Canciller de dicha Universidad. Amelia Podetti también dictó cursos en el Colegio Máximo de San Miguel, perteneciente a los jesuitas y bajo la responsabilidad directa de Bergoglio. En 2006 el Cardenal Bergoglio escribió el Prólogo al libro de Amelia Podetti Comentario a la Introducción a la Fenomenología del Espíritu, publicado en noviembre de 2007 por la editora argentina Biblos -publicado en italiano en el sitio web de la Terre d'América de Alver Methali-.

Prólogo

Acepté con gusto la solicitud de los hermanos de Amelia Podetti de escribir unas palabras a manera de prólogo sobre este trabajo. He tenido y tengo muy presentes sus enseñanzas, que hicieron una contribución importante a la reflexión y autoconciencia del país en un momento singular de su historia, en las décadas de 1960 y 1970. Aunque su prematura muerte nos privó seguramente de una mayor fructificación de su pensamiento, su trabajo en la cátedra universitaria, sus artículos, su participación en los ricos debates de la Argentina de esos años, alcanzaron para dejar sentadas ideas y rumbos de investigación que siguen teniendo una tremenda actualidad.
En un momento en el que América Latina requiere justamente de una autoconciencia renovada, que sea capaz de asumir más íntegramente su propia condición, sus particulares necesidades, para sólo desde allí producir sus nuevas y propias respuestas históricas, creo sumamente oportuno recuperar el esfuerzo de nuestros pensadores, nuestros filósofos, del mismo modo en que lo hemos venido haciendo, desde hace algunas décadas, con nuestros escritores y poetas. Quiero decir, así como dimos un gran salto en la valoración de nuestras letras, en parte impulsados desde el exterior –el famoso “boom” de la literatura latinoamericana- tenemos pendiente un salto similar en relación con nuestra producción filosófica.
Sería por otra parte el mejor homenaje a personalidades que, como la de Amelia Podetti, hicieron un apostolado del empeño en pensar desde nuestra propia y singular realidad, no en función de escuelas o categorías adoptadas, sino a partir de nuestras propias necesidades, como Juan Bautista Alberdi ya nos planteara, cuando se cerraba el momento augural de la Independencia, en la década de 1830.
Un buen ejemplo de esa actitud es este trabajo, para el que asumió el desafío de ofrecer una nueva versión en castellano de un texto célebre, como lo es la “Introducción” a la Fenomenología del Espíritu. Célebre por el papel de esa obra en la historia de la Filosofía moderna y contemporánea, y célebre por su complejidad (la Introducción a la Fenomenología del Espíritu, ha dicho Martin Heidegger, osa realizar un salto “absoluto” al Absoluto…). Porque detrás de este particular empeño, como en el de sus traducciones de Edmund Husserl o Nicolai Hartmann, alentaba el programa de una cabal y creciente apropiación del pensamiento clásico, medieval y moderno, para que nuestro propio pensamiento pudiera desplegarse con vocación universal, no solo local.
Sería muy difícil hacer filosofía en el mundo contemporáneo salteándose a Hegel. Y Amelia Podetti formó parte de un momento del pensamiento argentino en el que se intentó un diálogo genuino con el filósofo alemán: allí descollaron sus maestros Carlos Astrada y Andrés Mercado Vera, pero hubo otros también importantes. Entiendo que un diálogo es genuino cuando las preguntas son auténticas; es decir, propias, no adoptadas; cuando nacen de una reflexión surgida de los problemas, desafíos, inquietudes y esperanzas de una comunidad determinada. Los grandes problemas humanos son, por cierto, universales, y en cierto modo intemporales; pero en la conciencia del filósofo corren el riesgo de desvanecerse en formulaciones vacías, abstractas, si no pasan por el tamiz de la pura y dura realidad. Y la realidad es siempre encarnada, particular, concreta. No puede haber acceso a la universalidad sin asumir, plena e íntegramente, la encarnación. 
Entre los rasgos bien conocidos de los hábitos docentes de Amelia Podetti estuvo su apego a los clásicos filosóficos y su poco interés por los comentaristas. No porque no creyera en la utilidad de los comentaristas, sino por su tenaz vocación de responder a la exigencia de establecer nuestro propio diálogo con la tradición filosófica. Hoy podríamos decir: ella forma parte de quienes han contribuido a construir nuestra propia tradición en la exégesis y comentarios de la Filosofía clásica, medieval y moderna. Y naturalmente una parte significativa de ese diálogo genuino con la tradición filosófica era y es la labor de producir buenas y técnicamente consistentes versiones castellanas de esos clásicos.
El texto que se edita hoy por primera vez bajo la forma de libro tuvo uso interno, por varios años, en cursos sobre Historia de la Filosofía Moderna e Historia de la Filosofía Contemporánea de los que Amelia Podetti participaba como docente. Quiso el destino que también lo propusiera como material de trabajo en uno de sus últimos cursos, en 1978, justamente de Filosofía de la Historia. Ese curso estuvo, ratificando la idea de la necesidad de hacer nuestra propia revisión de la historia de Occidente, centrado en San Agustín y Hegel. Algo así como las dos “puntas” de la Filosofía de la Historia en Occidente. 
Y precisamente por ello, es también en ese momento que empieza a expresar su idea de la irrupción de América en la historia como el hecho fundamental de la modernidad, al dar lugar al surgimiento de la historia universal. Y si bien el concepto de “historia universal” fue ampliamente usado ya por Hegel, la formulación de Amelia Podetti toma distancia del filósofo alemán, así como de otras visiones europeas de la Historia, en las que pareciera que el hecho de la “planetarización”, como ella dice, no termina de ser asumido en todas sus consecuencias, históricas y filosóficas.
Reitero entonces mi convicción acerca de la tan propicia oportunidad en que reaparece este trabajo de Amelia Podetti, frente a la multitud de signos que en nuestro presente ratifican la perennidad del objetivo y la esperanza de una América Latina unida y solidaria, caminando en pos de su más plena expresión cultural y civilizatoria, para ejercer sus responsabilidades históricas en plenitud, para sí misma y para el mundo.
Espero que esta relectura y diálogo con un clásico de la Historia de la Filosofía, llevados a cabo desde esta orilla lejana del Occidente, siga dando frutos en nuestras Universidades y en todos los ámbitos en los que debe reafirmarse nuestra fuerte vocación por el dominio de la Filosofía. Somos por cierto herederos de una magnífica tradición al respecto, desde el momento augural en que personalidades como Alonso de Veracruz o Vasco de Quiroga en México, o José de Acosta en el Perú, se animaron a pensar a América desde América y como americanos.

                                                                               Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.
                                                                                   Arzobispo de Buenos Aires

  Amelia Podetti (1928/1979) se graduó en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Ejerció la docencia en la misma universidad en las Facultades de Filosofía y Letras, Derecho y Arquitectura, así como en la Universidad Nacional de La Plata y en la Universidad del Salvador. Realizó estudios de postgrado en la Universidad de París (1961-1962). Es autora de varias publicaciones  relacionadas con su especialidad.
Integró e impulsó grupos de investigación sobre Historia de la Filosofía Moderna y Pensamiento Argentino en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, así como en las Cátedras Nacionales en los años 70.
Su Comentario a la Introducción a la Fenomenología del Espíritu –que incluye su traducción del texto de Hegel- fue realizada entre 1964 y 1966 en el contexto de su labor docente  y de investigación de la Universidad de Buenos Aires. Su interés por la filosofía moderna fue parte de la renovación de los estudios hegelianos en la Argentina, iniciada y continuada por sus maestros, Carlos Astrada y Andrés Mercado Vera. Volcó en su vocación docente y de investigación un profundo compromiso con la realidad argentina y latinoamericana, que arraigó largamente en amigos y discípulos.

22 de mayo de 2013

EL PAPA FRANCISCO Y LOS CRISTIANOS LATINOAMERICANOS


A dos meses de la elección de Francisco, el primer Papa latinoamericano, compartimos este artículo de Carlos Ferré,  publicado en el Nº 108 de la Revista “Testimonio” de Lima, Perú.


EL PAPA FRANCISCO Y LOS CRISTIANOS LATINOAMERICANOS



La elección del Cardenal Jorge Mario Bergoglio como nuevo sucesor de Pedro ha causado una  lógica conmoción en todo el mundo.
No sólo porque no estaba entre los principales candidatos que reflejaban los medios masivos de comunicación sino porque elegir a este Obispo argentino para la Sede de Roma significa que el cónclave decide, en dos mil años de historia de la Iglesia, elegir al primer Papa de América, más precisamente a un latinoamericano y al primer jesuita en quinientos años de la Compañía de Jesús.
También son quinientos los años de Evangelización en nuestro continente y la Iglesia universal ha señalado a uno de sus hijos, a un cristiano del Nuevo Mundo para guiar al Pueblo de Dios.
Y justamente, ese es uno de los primeros signos del nuevo pontificado.
El Papa Francisco resalta en sus primeras palabras, el encuentro entre el pueblo reunido en la plaza y él quien se presenta como el nuevo Obispo de Roma. El Pueblo de Dios y su Obispo, confirmando con su gesto. el criterio eclesiológico del Concilio Vaticano II.
Pero no se queda en las palabras;  hace un nuevo gesto: le pide a su pueblo que rece por él para que Dios lo bendiga para que él pueda luego bendecirlos y se inclina para hacerse el Siervo de los Siervos de Dios. La Iglesia Comunión ha quedado  reflejada a la vista de miles de millones de personas que presencian el hecho en todo el mundo.
Su nombre Francisco completa su programa: el Santo de la Iglesia pobre para los pobres, el de la paz, el del cariño y respeto por toda la Creación.
Francisco ha manifestado en pocos minutos el programa de su Pontificado. No hace falta esperar su primera encíclica. El ha actuado su primera encíclica en  un lenguaje comprensible para todos, accesibles a los últimos, revelando a los humildes la Buena Noticia, que ha de proclamar con palabras y hechos.
El mundo se ha conmovido y se pregunta quien es este nuevo Papa argentino que como él mismo dijo,  viene casi desde el fin del mundo.
Una multitud de periodistas comienzan a buscar vías de comunicación directa con hombres que convivieron con él, quieren conocer los lugares que frecuentaba, que ha hecho hasta ahora este hombre que viene de las “orillas” del planeta.
Se encuentran con un hombre que ha vivido intensamente su condición de  habitante de la periferia del mundo. Que conoce a fondo el problema de los pueblos que han sufrido las distintas formas del colonialismo político,  económico y cultural y han generado diversos  procesos históricos, para alcanzar niveles de soberanía y justicia social acordes con la construcción del bien común internacional. Que ha realizado su tarea pastoral en medio de los excluidos, de los “sobrantes” como los denominó en el Documento de Aparecida. Un hombre en el que la opción preferencial por los pobres no es fruto de razonamientos ideológicos sino de una práctica pastoral vinculada a la práctica histórica de su pueblo.
Han de descubrir asimismo, un hombre que conoce las leyes de la política y las ejecuta con humildad y firmeza y también un hombre con sólida formación intelectual, que es capaz de expresar  de la forma más simple las cuestiones más complejas.
Es  Francisco. El que convivía con nosotros y ahora terminaremos de conocerlo en toda su dimensión.
Dios lo ha convocado para una misión universal en el momento que la humanidad en su conjunto y nuestra Iglesia atraviesan  crisis muy intensas. En un momento de bisagra de la historia. En un tiempo en que un régimen hegemónico mundial pensado desde el materialismo práctico ha demostrado todas sus falencias y se han rebelado como falacias sus presupuesto ideológicos. En menos de veinte años, las ideologías que confrontaban por la hegemonía mundial,  han  desnudado sus carencias para erigirse en la solución que la humanidad busca para vivir de acuerdo a la dignidad de la persona y de los pueblos.
Pero también, en un momento de la historia donde comienzan a insinuarse nuevas formas de solidaridad de los hombres y nuevos alineamientos de las naciones en búsqueda de un protagonismo que respete sus designios soberanos.
Hombre de su tiempo, Bergoglio ha alentado el proceso de integración sudamericana como escalón para la integración continental. Ha afirmado que se deben  “recorrer las vías de la integración hacia la configuración de la Unión Sudamericana y la Patria Grande Latinoamericana. Solos, separados, contamos con muy poco y no iremos a ninguna parte. Sería callejón sin salida que nos condenaría como segmentos marginales, empobrecidos y dependientes de los grandes poderes mundiales”. E imagina metas que debemos proponernos: “América Latina necesita nuevos paradigmas de desarrollo que sean capaces de suscitar una gama programática de acciones: un crecimiento económico autosostenido, significativo y persistente; un combate contra la pobreza y por mayor equidad en una región que cuenta con el lamentable primado de las mayores desigualdades sociales en todo el planeta; una reforma del Estado y la política para que estén efectivamente al servicio del bien común.” .
En ese camino de realización de la integración cuya necesidad ya había manifestado Juan Pablo II  en Santo Domingo, advierte ciertas peligros o desviaciones que se deberían evitar: “Los desafíos de la realidad latinoamericana no se pueden afrontar ni resolver reproponiendo viejas actitudes ideológicas tan anacrónicas como dañinas o propagando decadentes subproductos culturales del ultraliberalismo individualista y del hedonismo consumista de la sociedad del espectáculo. Llama la atención constatar como la solidez de la cultura de los pueblos americanos está amenazada y debilitada fundamentalmente por dos corrientes del pensamiento débil: una, la concepción imperial de la globalización… que constituye el totalitarismo mas peligroso de la posmodernidad. La otra corriente amenazante… el ‘progresismo adolescente: una suerte de entusiasmo por el progreso que se agota en las mediaciones, abortando la posibilidad de un progreso sensato y fundante relacionado con las raíces de los pueblos.”
Propone entonces un camino de construcción: “Nada sólido y verdadero podrá obtenerse si no viene forjado a través de una vasta tarea de educación, movilización y participación constructiva de los pueblos - o sea, de las personas y las familias, de las mas diversas comunidades y asociaciones, de una comunidad organizada- que pongan en movimiento los mejores  recursos de humanidad que vienen de nuestra tradición y que sumen las grandes convergencias estratégicas para el bien común”.
La Iglesia universal ha elegido un papa nacido en el lugar que los europeos llamaron el  Nuevo Mundo. Ese fue el signo de Dios para muchos misioneros que evangelizaron nuestras tierras, para muchos hombres imbuidos de las mejores ideas del humanismo nacido a la luz de la fe en Cristo. El encuentro de las culturas en América dio a los hombres de todo el ecúmene la visión de que el nuevo mundo no era solo el encontrado sino todo el mundo que recién había llegado a conocerse a si mismo. Por eso Nuestra América es universal. Conjuga en su mestizaje el mundo del antiguo oriente y el del occidente reciente sumado al aporte del cristianismo.
Desde esa universalidad el Cardenal Bergoglio proclamaba  reiteradamente aquello que la realidad es superior a la idea, el todo es superior a la parte y la unidad superior al conflicto.
En esa matriz cultural ha sido formado Francisco y el es plenamente conciente. Nos ha educado en esa conciencia.
Además de la enorme alegría que hemos sentido desde su elección,  percibimos desde el primer momento, una intuición de la dimensión del cambio que significa para los cristianos de América Latina este momento. Sentimos que los ojos del mundo se han de posar sobre nosotros tratando de indagar y comprender como pudo nuestro continente generar un Papa del que ya están asombrados. Que experiencia historia, social, cultural y  religiosa particular tiene América Latina que puede engendrar al hombre de la dimensión que comienzan a vislumbrar y que sin saber muy bien porqué los llena de esperanza, los entusiasma.
Esa es sin duda la reflexión que deberemos hacer muy rápido porque el trabajo comenzó ya.
De la ayuda de Dios -que descontamos- y de  nuestro esfuerzo, imaginación y trabajo, así como de nuestra  solidaridad activa  con el nuevo Pastor Universal ha de resultar  que su tarea llegue a las metas que el Señor nos propone.
Es nuestra oportunidad histórica de demostrar porqué somos el Continente de la Esperanza.

Carlos Eduardo Ferré

NA. Los párrafos en cursiva y encodillados son extractos del prologo redactado por Bergoglio al libro “Una apuesta por América Latina” de Guzmán Carriquiri.

24 de abril de 2013

Una visión española de Francisco


La elección de Francisco ha provocado una conmoción en el mundo y un renovado interés por Argentina, América Latina y el peronismo. La milenaria Iglesia católica es una de las más importantes instituciones universales y el testimonio del nuevo Obispo de Roma en su compromiso con los desheredados, los excluidos, los millones de “muertos civiles” que ha provocado la sociedad global del mercado, cuestiona al mundo. Y el mundo procura entender por qué y para qué la Iglesia eligió a este hombre, que practicó desde siempre un cristianismo completo. Reproducimos el artículo de Juan Arias, que reflexiona en torno de la “política” de Francisco. 

 
En su primera reunión con su pueblo, Francisco se inclina ante la multitud universal reunida en la Plaza, expresión de las multitudes movilizadas en todos los rincones del mundo desde comienzos del tercer milenio, alzándose contra la miseria y la exclusión


Tema del día: 
La Iglesia ha encontrado un líder 
¿Y el mundo político? 

Juan Arias (Diario El País, Madrid, 30-3-13) 

La Iglesia ha sido más rápida que el mundo político. Ambos estaban hasta ayer en profunda crisis de identidad. 

La Iglesia hundida en sus escándalos vaticanos y convertida en un “fósil”, en expresión dura del teólogo brasileño Leonardo Boff, con sus iglesias vendidas para convertirlas en salas de fiestas nocturnas y los confesionarios en muebles bar. 
Y el mundo político se encuentra perdido en una profunda crisis, no sólo económica sino también de valores, huérfano de liderazgo, en plena revuelta civilizatoria sin saber por dónde tirar. 
Ambas instituciones, la religiosa y la laica, se arrastran sin horizontes para sus jóvenes generaciones, dando palos de ciego. 
En ese panorama, la Iglesia, con sus dos mil años de historia, sus santos y demonios, sus inquisiciones y sus mártires de la caridad,  ha conseguido encontrar un líder mundial  cuando empezaba a resbalar por el barranco de la desesperanza. 
Y lo ha hecho a través de un puñado de cardenales, la mayoría ancianos y conservadores, reunidos durante dos semanas en Roma, sin grandes alharacas y revestidos de misterios y secreto, pero que se dieron cuenta que el eje del mundo ha cambiado, ya no es Europa, sino que se ha trasladado a los países emergentes. La Iglesia acabó viéndolo y se fue a buscar el nuevo líder a las Américas. 
"Me buscaron muy lejos", subrayó significativamente el papa Francisco al aparecer en el balcón la tarde de su elección. 
El papa Francisco, que sigue llamándose sacerdote y obispo, no papa, se ha convertido, en menos de un mes al mando de la nave Iglesia, en el personaje más en vistas del planeta, como un día lo fueron un Gandhi o un Luther King. 
Con un puñado de gestos simbólicos, ha dado rienda suelta a una auténtica revolución religiosa y política que empieza a resonar más allá de la misma Iglesia. 
¿Y el mundo político qué está esperando? 
Una vez Stalin preguntó cuántos ejércitos tenía el papa de Roma. 
Hablaba de armas, pero  la Iglesia es un ejército con otras armas en sus manos, que empezaban a oxidársele: es una institución, a pesar del peso de errores que arrastra, de las mejor organizadas del mundo, que cuenta con la friolera de: 

- 1.200 millones de fieles, 
- un ejército de más de 1.000.000 de sacerdotes y religiosos, 
- con 114.736 instituciones asistenciales en el mundo; 
- 5.246 hospitales; 
- 74.000 dispensarios y leproserías; 
- 15,208 residencias de ancianos incurables; 
- 1.046 universidades; 
- 205.000 colegios; 
- 70.000 asilos nido con 7.000.000 de alumnos; 
- 687.282 centros sociales y 
- 131 centros de personas con sida en 41 países. 

Una vez el líder comunista italiano Enrico Berlinguer, que no era creyente pero acompañaba los domingos a misa, a su mujer e hijos que sí lo eran, a los que esperaba en la puerta de la Iglesia, solía decir: “Si nosotros los comunistas tuviésemos a un millón de mujeres y hombres, como las monjas y religiosos católicos, con voto de obediencia y dispuestos a cualquier sacrificio, haríamos una verdadera revolución social”. 
Y es esa revolución social la que el nuevo papa Francisco ha empezado a llevar a cabo en la Iglesia y que  el mundo político parece incapaz de hacerla, sumergido en sus recetas de sacrificios y recortes a los más débiles, mientras se multiplica como una cizaña maligna, la corrupción de políticos y banqueros. 
Si al mundo de hoy le falta un gran líder, capaz de devolver esperanza y abrir nuevos horizontes a una sociedad desencantada y en ruinas, la Iglesia parece haberlo encontrado. 
Y no un líder encerrado en sus rezos, con una visión arcaica y autoritaria de la fe, sino alguien que ha pedido a los soldados de ese ejército hoy bajo su mando, que dejen de ser “coleccionadores de antigüedades” y cultivadores de “teologías narcisistas” y  se vayan a manchar sus pies con el barro “de las periferias del mundo”, donde se encuentran los más explotados por el poder. 
Un jesuita que posee “racionalidad y fe”, como afirman quienes le conocen de cerca, que además de teología ha estudiado psicología y literatura, y que al mismo tiempo ha escogido como símbolo papal un “corazón franciscano”, puede llegar a ser más que un mero líder espiritual de una Iglesia. 
Sus antecedentes como arzobispo y cardenal de Buenos Aires y sus primeros gestos de desapego a las apariencias y símbolos del poder vaticano para poner su énfasis en una Iglesia que debe ser “pobre y para los pobres”,  lo están ya convirtiendo también en una referencia política y social del mundo. 
Es justamente el mundo el que está entendiendo -de ahí la perplejidad y hasta miedo de ciertos políticos- que el papa Francisco, no es sólo un religioso que se contentará con lavar los pies a los pobres y visitar favelas. 
Los poderosos han empezado a entender que apostar por los desheredados de la Tierra, por la escoria del mundo, por los desahuciados, no sólo para consolarlos sino también para elevarles social y culturalmente, para despertar en ellos la fuerza de su dignidad como personas, sus derechos y su espíritu crítico, equivale a una nueva revolución mundial. 
Y que su mentor puede acabar siendo más que un mero líder espiritual. 
El papa Francisco le dice al rabino judío argentino Skorka, en su libro ‘Entre el cielo y la tierra’ que a él “le gusta la política”, concebida como "la fuerza responsable del bienestar de la gente". 
Le cuenta que cuando se encuentra con agnósticos y ateos “no les habla de Dios”, sino que les pregunta si están dispuestos a empeñarse en la lucha contra las injusticias perpetradas contra los más desamparados del sistema, ya que eso le basta. “Sólo les hablo de Dios si ellos me hablan”, comenta. 
A una madre que desesperada, se le quejaba, en Buenos Aires, de que su hijo joven había abandonado la fe, el entonces cardenal Bergoglio, le preguntó: 

- “¿Sigue su hijo siendo una buena persona que se interesa por los demás?” 
La mujer le dijo que sí. 
- “Entonces quédese tranquila. Su hijo sigue creyendo en lo que debe creer”, la consoló. 
Un líder así, puede crear esperanza en unos y temores en otros, ya que está pidiendo a una Iglesia anquilosada y en buena parte aburguesada, que salga de la retaguardia para ir a combatir a la primera línea del frente, puede acabar convirtiéndose en una referencia mundial de lo que el teólogo Boff llama “un liderazgo no autoritario, de valores universales en el que lo importante no es ya la institución Iglesia sino la humanidad y la civilización que hoy pueden ser destruidas”. 

Como un día surgieron líderes capaces de sacudir al mundo como Gandhi, Luther King o Mandela, entre otros, es posible que a esa lista de líderes contra la violencia y contra las discriminaciones de los diferentes, haya que añadir pronto al papa Francisco.Eso si le dejan actuar en paz, sin blindarle en los palacios vaticanos, que por ahora ha descartado, impidiéndole de acercarse y de escuchar demasiado a la gente. 
En Brasil, para el viaje a Río del papa, el próximo julio, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, las autoridades le han preparado un blindaje de 750 policías civiles y militares para proteger su vida, y que le acompañarán día y noche. 
No será fácil, sin embargo, blindar del todo a un papa que ha pedido a los sacerdotes del mundo entero que no tengan miedo de "perder la propia vida”, si su empeño social y religioso se lo exigiera. 
Jesús fue crucificado con poco más de 30 años. Los primeros cristianos, apóstoles, obispos y papas acabaron todos mártires de su fe y de su desobediencia al poder que les pedía que se arrodillase ante él. 
El viernes santo pasado, el papa Francisco se echó en la Iglesia de bruces al suelo en adoración no a los poderes del mundo. Lo hizo en señal de fidelidad a aquel Jesús que predicaba que “quien defiende la propia vida la perderá” y que  los "que se humillan serán ensalzados". 
Los cobardes, al final, son ya vivos muertos, como decía Gandhi.